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................. puntos de inflexión ...

*/ El viaje ( 5 ) ...

<strong><font size=4>*/ El viaje ( 5 ) ...</strong></font>

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Ahí va... directo y sin preámbulos: Hoy en día no viajamos... simplemente nos trasladamos. Y es que si lo piensas un poco, y te dispones a recorrer 750 kilometros, en nuestro mundo... informatizado (la palabra la busco huyendo de términos poco neutros como “primer mundo” o “mundo Occidental”... y a fin de cuentas, tanto yo que escribo... como tú que lo lees, estamos delante de un ordenador), pues eso que nosotros para recorer 750 kilometros abrimos la puerta del coche, la cerramos, la abrimos un par de veces por el camino para repostar y atender a las necesidades básicas primarias del organismo, y si acaso alguna secundaria y terciaria, y, finalmente, llegamos al destino impolutos, limpios de polvo y paja (a no ser que paremos en un pajar y el románticismo o los instintos nos conduzcan a la pasión, que todo puede suceder...); y viendo durante el camino unos, aveces aburridos por repetitivos, paisajes que se nos cruzan como locos sin respetar el límite de velocidad de la autovía... ¡Es que van como locos!... Eso sí, llegamos con nuestras maletas y con las mismas alegrias, los mismos traumas, los mismos problemas y las mismas soluciones que en casa. A ver... un traslado sin más. Me traslado yo, y todas las circustancias que me quepan en el maletero y en las bolsas de viaje. Sin que me suponga una transformación de ningún tipo. Pues muy bien.... vale.

Ah!!!! Pero imagínate que para hacer 750 kilometros decides hacerlos andando. Unicamente sabiendo desde donde empiezas y hasta donde conduce el camino, lugar que conoces de sobra, por lo que la emoción no está en el “The End” románticoide de las películas. A eso le añades que día a día no sabes donde vas a comer, donde vas a finalizar la jornada, donde y como vas a dormir. Así durante un mes si la "suerte" acompaña. Parando en el pueblo donde las sonrisas te reciban a bocajarro, y recelando de pueblos en donde haya sombras tras las cortinas de las ventanas. Andando siguiendo la trayectoria del sol (una estrella más) en su camino al Fin del Mundo, para sumergirse, a modo de ocaso, en el Mar de los Muertos. Si además todo el camino lo haces pisando la tierra (ama lurra, madre tierra... origen de todos los mitos y ritos), empapándonte de polvo y al ritmo que marca la naturaleza... Y claro... lo único que puedes llevar contigo es... poca cosa... lo que entre en una mochila que cuanto más pequeña sea mejor (el ser versus el tener) ... pues bien, puestos a eliminar peso, eliminemos los problemas, los traumas y la apatía... lo siento pero los prejuicios se quedan en casa... los malos presentimientos los dejamos en el congelador... y mira, nos llenaremos la mochila de ilusión, solidaridad, un cargamento de inagotables sonrisas, un montón de imaginación y suministros de paciencia... y bueno, el amor... pero eso lo llevamos siempre encima... es decir, llevaremos lo principal; de cosas materiales las mínimas, sin excesos... que pesan... y además... en este mundo, hemos quedado que informátizado, basta con frotar una banda marrón, que va pegada a un trozo de plástico, y que a modo de varita mágica y lámpara de Aladino, te abre puertas y se te sacia, si quieres, la gula... ¡Que de sufridores y penitentes... nada !!! , y si lo somos es por gusto... que sarna con gusto pica, pero te jodes y la asumes...

Pues eso que es un viaje con regusto a jazz... improvisando, y haciendo planes para no llevarlos a cabo... y si dura tres días... pues son tres días de verdadero viaje. Pero todo buen interprete de jazz para improvisar necesita saberse al dedillo la partitura de base... y claro, estudias la ruta y ves que hay rectas de 17 infinitos kilómetros de páramo, sin pueblos ni agua, en los que te enfrentas tú... sin tus cosas materiales... a la naturaleza y al cansancio... y eso tiene que dar mucho en que pensar, ... sobre la vida, sobre el mundo, sobre ti... y te tiene que transformar; y si no, es que eres una dura y seca piedra más del camino.

El viaje es transformación.

La suerte de todo esto, lo reconozco, está en que tengas a alguien al lado a la que aunque sea una frase hecha y caduca, le puedas decir, (nunca mejor dicho... no cabe duda) “Contigo al Fin del Mundo”. Gracias.

 

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