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................. puntos de inflexión ...

*/ El laberinto sentimental ...

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extractos del prólogo y contraportada del libro

"El laberinto sentimental"
 

José Antonio Marina

  

   

“A la gente le gusta sentir. Sea lo que sea”, escribió Virginia Wolf en su diario. Hay que darle la razón y escandalizarse después de habérsela dado. ¿Cómo vamos a desear sentir en abstracto, acríticamente, al por mayor, cuando sabemos que algunos sentimientos son terribles, crueles, perversos o insoportables? La contradicción existe y sospecho que irremediablemente. Nos morimos de amor, nos morimos de pena, nos morimos de ganas, nos morimos de miedo, nos morimos de aburrimiento, y, a pesar de la eficacia letal de los afectos, la anestesia afectiva nos da pavor.
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Esta contradicción alumbra y oscurece nuestras vidas. Freúd, otro sentimental, erró al pensar que todo lo que hace el ser humano lo hace para aliviar la tensión. No es verdad que aspiremos a esa tranquilidad beatífica. Queremos estar simultáneamente satisfechos e insatisfechos, ensimismados y alterados, en calma y en tensión. Bexton demostró con sus experimentos que somos incapaces de soportar la privación de estímulos mucho tiempo. Somos insaciables consumidores de emociones. Sin embargo, aunque adictos al estremecimiento, nos horroriza estar siempre estremecidos. La rutina nos aburre, pero la novedad nos asusta. Si fuera un cínico, diría que la cultura no es más que un educado intento de resolver un problema insoluble: cómo estar al mismo tiempo tranquilos y exaltados.
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... lo más íntimo en nosotros resulta lo más lejano. No entendemos lo que nos pasa... Nos encontramos tristes, alegres, deprimidos, furiosos, como si nos hubiéramos perdido previamente. No sentimos lo que queremos sentir. Somos recelosos cuando quisiéramos ser confiados, deprimidos cuando alegres, espantadizos cuando valerosos. Nos angustian necios miedos que no tienen ni razón ni remedio. Sufrimos dolores verdaderos por la carencia de bienes falsos.
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Aquejados de esta anormal enajenación, no acabamos de saber en qué orilla queremos vivir, pero cierto es que siempre acabamos volviendo a nuestro varadero sentimental.
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No es que nos interesen nuestros sentimientos, es que los sentimientos son los órganos con que percibimos lo interesante, lo que nos afecta. Todo lo demás resulta indiferente.
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... padecemos nuestros sentimientos. Son fuerzas, dioses, bestezuelas que desde fuera nos atacan. El léxico guarda claros vestigios de esta concepción belicosa. Las emociones nos ahogan, zarandean, hunden, inflaman. Incluso un sentimiento tan pacífico como la calma nos invade. Nadie elige su amor, ni su odio, ni su envidia, y sin embargo nos identificamos con ellos, son lo más íntimo, espontáneo, propio. De nuevo tropezamos con la paradoja. En el centro de nuestra personalidad, en el corazón del corazón, habita un inventor de ocurrencias propias que tal vez nos tiranicen como si fueran extrañas. “Je est un autre”, escribió Rimbaud, que sabía de qué iba la cosa. Cierto, cierto ¡Pero qué desconcierto, qué inquietud descubrirlo! Nuestros sueños de grandeza, nuestras pretensiones de libertad, se miran con desánimo sus pies de barro.
A la vista de tanta violencia y quiebra íntima, no es de extrañar que para los fundadores de la psiquiatría la locura fuera un desarreglo emocional.
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... hay una larga tarea... para al fin desaprender los miedos, aprender a amarse y también no tomarse demasiado en serio, para reivindicar como propiedad y creación del hombre toda la belleza y la nobleza que hemos prestado a las cosas, y arrepentirnos, ciertamente de la miseria y el horror que son también herencia nuestra. Al comprender nuestra vida sentimental se hace necesario emprender una reforma del entendimiento humano. Bien a las claras se ve que éstas son palabras mayores. Lo que pretendo es hablar con palabras menores de esas palabras inmensas. Para ser más sincero: me gustaría hablar con palabras inmensas de esas palabras inmensas.
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Somos inteligencias emocionales. Nada nos interesa más que los sentimientos, porque en ellos consiste la felicidad o la desdicha. Actuamos para mantener un estado de ánimo, para cambiarlo, para conseguirlo. Son lo más íntimo a nosotros y lo más ajeno. No sentimos lo que querríamos sentir. Somos depresivos cuando quisieramos ser alegres. Nos reconcomen las envidias, los miedos, los celos, la desesperanza. Desearíamos ser generosos, valientes. tener sentido del humor, vivir amores intensos, librarnos del aburrimiento, pero nos zarandean emociones imprevistas o indeseadas.
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Los sentimientos son mensajes cifrados, cuya inerpretación nos permitiría conocer la ignorada textura de nuestro corazón.

    

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