La razón por la que ser escuchados nos resulta tan importante es porque nunca llegamos a superar nuestra necesidad de comunicar lo que se siente en nuestros mundos, en nuestras aisladas y particulares experiencias. Quizá por eso escuchar es un bien que escasea. No es una necesidad que tenemos, es un regalo que ofrecemos.
Cada uno de nosotros es varios, es muchos, es una prolijidad de sí mismos. Por eso, aquel que desprecia al ambiente no es el mismo que por él se alegra o padece. En la vasta colonia de nuestro ser hay gente de muchas especies, pensando y sintiendo de manera distinta.
... y todo este mundo mío de gente ajena entre sí proyecta, como una multitud diversa pero compacta, una sombra única ...
Fernando Pessoa
Libro del desasosiego
... foto nisu ...
¿Qué sé yo lo que será de mí, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? ¡Pero pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser la misma cosa que no puede haber tantos!
¿Hasta qué punto estamos dispuestos a escuchar nuestras propias verdades?
Alguien capaz de preguntárselo debe tener el valor de aceptar la respuesta, porque hay verdades letales como un foco explosivo, cuya onda expansiva, por muy leve que sea, puede generar el mayor de los traumas.
¿Hasta qué punto quiere verificar una esposa que su marido se va de putas?
¿Hasta qué punto un joven está preparado para conocer el grado de decepción que ha provocado en sus padres?
¿Hasta qué punto una pareja reconoce que su relación es de una monotonía insoportable?
¿Y no sé hasta qué punto estamos dispuestos a rebasar la delgada línea que va entre decir “¡Esto es lo que yo quiero!” y dudar “¿Es esto lo que yo quería?”
Que la gente vive de prisa, con la faena, el recreo y las horas de sueño programadas, no tienen ni quieren tener tiempo para nada.
El tiempo es el enemigo número uno, porque supone adentrarse en una tierra fértil que genera inseguridades como parásitos.
El hombre desocupado es como una flor de raíces enfermas.
Todo lo sacrifica por la supervivencia. No se pregunta nada que pueda quebrar su equilibrio, y acepta mentiras que sirven para todo para evitar la derrota, ya intuye hasta dónde alcanza lo conveniente.
Confía en saber cuando ya sea tarde.
Porque la verdad es el valor y la tragedia sin fondo, y la mentira, en cambio, una coherencia cobarde.
Sin embargo, ¿No es también ese temor un afán que nos acerca al camino del conocimiento, un hermoso atajo para alcanzar la verdad?
En lo más profundo, todos sabemos que hay alguien que estamos destinados a ser. Y podemos sentir cuándo nos vamos convirtiendo en ese alguien. Lo contrario también es verdad: sabemos cuando algo no encaja y no somos la persona que estábamos destinados a ser. Consciente o inconscientemente, todos buscamos respuestas, intentando aprender las lecciones de la vida. Andamos a tientas por miedo y culpa. Vamos en busca de sentido, amor y poder. Tratamos de comprender el miedo, la pérdida, el tiempo. Tratamos de descubrir quiénes somos y cómo podemos llegar a ser realmente. Sin embargo, con demasiada frecuencia los buscamos en el dinero, en la condición social, en el trabajo ’perfecto’, o en otros lugares, sólo para descubrir que estas cosas carecen del sentido que esperábamos encontrar y que incluso nos producen angustia. Seguir estas pistas falsas sin una comprensión más profunda de su significado nos deja inevitablemente con una sensación de vacío, creyendo que la vida tiene muy poco o ningún sentido, que el amor y la felicidad son tan sólo espejismos. De modo que ¿Por qué esperar hasta el final para aprender las lecciones que podríamos aprender ahora? La lección del miedo, la de la culpa, la de la ira, la del perdón, la de la entrega, la del tiempo, la de la paciencia, la del amor, la de las relaciones, la del juego, la de la pérdida, la del poder, la de la autenticidad, y la de la felicidad. Nos han puesto en la tierra para aprender nuestras propias lecciones. Nadie puede decirnos cuáles son; descubrirlas forma parte de nuestro viaje personal. Aprenderemos que no estamos solos sino mutuamente conectados, que el amor nos hace crecer, que nuestras relaciones nos enriquecen. El amor es realmente lo único que podemos poseer, conservar y llevarnos con nosotros.
Dichosos los que saben reírse de sí mismos, porque no terminarán nunca de divertirse.
Dichosos los que saben distinguir una montaña de un guijarro, porque se evitarán muchos tropiezos.
Dichosos los que saben descansar y dormir sin buscarse excusas: llegarán a ser sabios.
Dichosos los que saben escuchar y callar: aprenderán cosas nuevas.
Dichosos los que son suficientemente inteligentes como para no tomarse en serio: serán apreciados por sus vecinos.
Dichosos los que están atentos a las necesidades de los demás, sin sentirse indispensables: serán fuente de alegría.
Dichosos ustedes cuando sepan mirar seriamente a las cosas pequeñas y tranquilamente las cosas importantes: llegarán lejos en la vida.
Dichosos ustedes cuando sepan apreciar una sonrisa y olvidar un desaire: vuestro camino estará lleno de sol.
Dichosos ustedes cuando sepan interpretar con benevolencia las actitudes de los demás, aun en contra de las apariencias: serán tomados por ingenuos, pero este es el precio de la caridad.
No me interesa lo que haces para ganarte la vida. Quiero saber que es lo que deseas, y si te atreves a soñar con encontrar lo que tu corazón anhela.
No me interesa cuántos años tienes. Quiero saber si te arriesgarías a parecer un tonto por amor, por tus sueños, por la aventura de estar vivo.
No me interesa saber qué planetas están alineados con tu luna. Quiero saber si has tocado el centro de tu propio dolor, si las traiciones de la vida te han abierto, o si te has marchitado y cerrado por el miedo al dolor futuro.
Quiero saber si puedes sentarte con el dolor, el mío o el tuyo, sin intentar ocultarlo, desvanecerlo o arreglarlo.
Quiero saber si puedes vivir con alegría, la mía o la tuya, si puedes bailar con desenfreno y permitir que el éxtasis te llene hasta la punta de los dedos de manos y pies, sin advertirnos que seamos cuidadosos, que seamos realistas, o que recordemos las limitaciones de los seres humanos.
No me interesa si es verdad la historia que me cuentas. Quiero saber si puedes decepcionar a otro para serte fiel a ti mismo, si puedes soportar la acusación de traición y no traicionar a tu propia alma. Si puedes ser desleal y, por tanto, digno de confianza.
Quiero saber si puedes ver la belleza, aunque no todos los días sean hermosos, y si puedes originar tu vida desde su presencia.
Quiero saber si puedes vivir con el fracaso, el tuyo o el mío, y a pesar de ello pararte a la orilla del lago y gritar "¡Sí!" al plateado de la luna llena.
No me interesa saber dónde vives ni cuánto dinero tienes. Quiero saber si puedes levantarte después de una noche de dolor y desesperación, agotado y golpeado hasta los huesos, y hacer lo que hay que hacer para alimentar a los niños.
No me interesa quién eres o cómo llegaste a estar aquí. Quiero saber si te quedarás en el centro del fuego conmigo sin rehuir.
No me interesa en dónde o qué o con quién has estudiado. Quiero saber qué es lo que te sustenta desde adentro cuando todo lo demás se desmorona.
Quiero saber si puedes estar solo contigo mismo, y si verdaderamente te agrada la compañía que llena tus momentos vacíos.
El sufrimiento de otras personas activa nuestros cerebros como si ese dolor fuese nuestro. Esa reacción emocional es el fundamento mismo del ser humano.
Débora no deja de dar vueltas por la sala de espera del hospital. Es la tercera sesión de quimioterapia para su hija y se imagina cómo, una vez más, el frío veneno, aunque necesario, se expande por las venas de Catherine. Tiene la impresión de sentir las náuseas que tiene su hija y los retortijones de estómago. Piensa que daría cualquier cosa por ponerse en lugar de ella.
Roni mira fijamente la pantalla del televisor. Cien mil refugiados huyen de la guerra que azota el país. Hace días que caminan, casi siempre sin agua ni comida. Llevan maletas atadas con cuerdas al cuerpo. Un hombre con la mirada perdida lleva en los brazos a su hijo muerto. La cámara se detiene en su turbante deshecho, en sus brazos que estrechan inútilmente al pequeño contra su pecho. Roni se levanta del asiento. Es médico y no puede permanecer impasible. Quiere colaborar en lo que sea y le gustaría estar allí. Unos días más tarde, se une a Médicos sin Fronteras.
Cuando nos vemos sumidos en un estado de sufrimiento, todo nuestro organismo actúa para hacerle frente. Es la famosa reacción "de combate o de huida". Pero, ¿De dónde nos viene este sentimiento que nos hace sufrir a veces en lugar del otro? ¿Este poderoso impulso que nos empuja a hacer lo que sea para aliviarlo, como si fuéramos nosotros quienes estuviéramos sufriendo? En el laboratorio del profesor Frith de imaginería cerebral de la Universidad College en Londres, varias mujeres aceptaron someterse a un escáner con resonancia magnética mientras sus maridos recibían descargas eléctricas. A éstas se les informaba unos segundos antes de que la descarga fuera emitida y además tenían un espejo para ver cómo la mano de sus maridos se contraía por el dolor. En sus caras se podía leer el dolor que sentían al ver sufrir al hombre que amaban.
Sin embargo, lo que realmente interesó al equipo dirigido por la joven investigadora Tania Singer era lo que ocurría en sus cerebros: las regiones del cerebro emocional que se activaron eran las mismas que lo habrían hecho si ellas hubieran recibido las descargas. El dolor ajeno había pasado a ser el suyo propio. Su cerebro se lo había apropiado. En el caso de estas mujeres conectadas por amor a sus maridos lo que ocurrió fue que la membrana que separa el "mí" del "tú" se había fusionado. "Ya pihi irakema", dicen los indios Yanomamis cuando están enamorados: "Estoy contaminado por ti", es decir, "algo de ti ha entrado en mí y ahora reside en mi interior" He dejado de ser yo solo y tus emociones ahora son también mías.
Según la filósofa norteamericana Susanne Langer, bajo los efectos del amor la "membrana de la individualidad" se vuelve porosa... Por supuesto, hay personas que son más sensibles que otros a experimentar esta empatía. La capacidad de las mujeres es generalmente mayor a la de los hombres. Y a su vez, tanto entre las mujeres como entre los hombres se dan marcadas diferencias. Esta reacción automática del cerebro constituye el fundamento mismo de nuestra humanidad, de nuestra capacidad para conectar con los demás. Lo que diferencia a los mamíferos del resto de animales no se limita únicamente a la lactancia materna; también incluiría las regiones del cerebro emocional que son las responsables del lazo afectivo que existe entre padres (principalmente, la madre) y su prole. El córtex cingular (la parte del cerebro que se activa en el caso de las mujeres del experimento) se ha desarrollado para que los gritos de dolor de los pequeños, en caso de separación, le resulten insoportables. Gracias a esto, los vulnerables descendientes de los mamíferos se garantizan el contacto constante con un adulto, vital para su supervivencia.
Más allá del vínculo de sangre, nuestra capacidad para sentir compasión viene a ser la base en la que se sostiene la vocación del médico, el impulso benévolo de las asociaciones caritativas, así como el deseo que compartimos por vivir en armonía. Constituye también el fundamento mismo de la ética, como sostenía Spinoza, filósofo que tan bien entendió el vínculo existente entre la mente y el cuerpo. Este consideraba el origen de la moral en la capacidad de nuestro cuerpo a la hora de sentir las emociones de los demás: si sufre, yo sufro, luego debo evitar su sufrimiento. En nuestro cerebro está grabado el vínculo que nos une al sufrimiento, como a la felicidad del mundo que nos rodea. El vínculo que nos convierte en seres humanos, individuales y relacionados, sensibles y responsables.
"Dudar de todo o creérselo todo son dos opciones igualmente válidas que nos eximen de reflexionar" Henri Poincaré.
Somos seres creyentes por naturaleza. Nuestras ideas pueden valer más que nuestra propia vida y ser puestas al servicio de una causa común. Creemos siempre estar en lo cierto y cuando creemos escuchar al otro muchas veces sólo nos sirve para reforzar nuestras propias creencias.
Nuestras creencias, la mayoría de ellas, son creencias que establecemos "a priori" y a veces la propia creencia determina nuestra experiencia, con lo cual esta se refuerza todavía más. No digo que esto sea malo, pero es importarte tenerlo presente a la hora de establecer un diálogo en el que la razón tenga que fluir libremente. Cuando empecemos a reflexionar debemos ser conscientes en la medida de lo posible de nuestros prejuicios - todos los tenemos - y ponerlos como decían los griegos entre paréntesis (Epoge).
Cuenta Abraham Maslow que como psiquiatra atendió a una persona que se consideraba a sí mismo como un cadáver. A pesar de los argumentos lógicos del médico, aquel hombre persistía en su creencia. En un momento de inspiración, el psiquiatra preguntó al paciente: “¿Cree que los cadáveres sangran?”. El paciente replicó: “¡Eso es ridículo! Por supuesto que los cadáveres no sangran”. Después de pedirle permiso, el médico pinchó al paciente en un dedo y la sangre roja y brillante brotó. El paciente asombrado exclamó: “¡Maldita sea, los cadáveres sangran!”.