Doxa: Término griego que se suele traducir por "opinión" y con el que nos referimos a aquel tipo de conocimiento que no nos ofrece certeza absoluta, y que no podría ser, pues, más que una creencia razonable, un conocimiento "aparente" de la realidad.
Pierre Bourdieu
en el preambulo de
"La dominación masculina"
(la eternización de lo arbitrario)
... La verdad es que nunca he dejado de asombrarme ante lo que podía llamarse la paradoja de la doxa: el hecho de que la realidad del orden del mundo, con sus sentidos únicos y sus direcciones prohibidas, en el sentido literal o metafórico, sus obligaciones y sus sanciones, sea grosso modo respetado, que no existan más transgresiones o subversiones, delitos o “locuras” (basta con pensar en el extraordinario acuerdo de millares de disposiciones – o de voluntades – que suponen cinco minutos de circulación en coche por la plaza de la Bastille o de la Concorde); o, más sorprendente todavía, que el orden establecido, con sus relaciones de dominación, sus derechos y sus atropellos, sus privilegios y sus injusticias, se perpetúe, en definitiva con tanta facilidad, dejando a un lado algunos incidentes históricos, y las condiciones de existencia más intolerables puedan aparecer tan a menudo como aceptables por no decir naturales. Y siempre he visto la dominación masculina, y en la manera en que se ha impuesto y soportado, el mejor ejemplo de aquella sumisión paradójica, consecuencia de lo llamo la violencia simbólica, violencia amortiguada, insensible, e invisible para sus propias víctimas, que se ejerce esencialmente a través de los caminos puramente simbólicos de la comunicación y del conocimiento, del reconocimiento o, en último término, del sentimiento. Esta relación social extraordinariamente común ofrece por tanto una ocasión privilegiada de entender la lógica de la dominación ejercida en nombre de un principio simbólico conocido y admitido tanto por el dominador como por el dominado, un idioma (o una manera de modularlo), un estilo de vida (o una manera de pensar, de hablar o de comportarse) y, más habitualmente, una característica distintiva, emblema o estigma, cuya mayor eficacia simbólica es la característica corporal absolutamente arbitraría e imprevisible, o sea, en otro caso, el color de la piel.
Los libros... hacen a cada persona diferente de todas las demás porque se dirigen a lo que cada uno de nosotros tiene de único: leemos para eso, para aprender a vivir una vida propia y libre, y para imaginar, valorar e intentar comprender por qué los demás son diferentes. (...) Hoy predomina, sin embargo, el pensamiento de chalet adosado: la obligación de pensar dentro de una urbanización donde todos tienen el mismo coche, el mismo jardín, la misma ropa y el mismo sueldo. Si nunca sales de ahí, ¿cómo no vas a tener miedo a lo que es distinto? Leer es un medio de transporte: la forma más rápida de salir de casa y de tu propia cabeza. Nos enseña cómo viven los demás. Nos enseña a no tener miedo a la diferencia, ni miedo a ser nosotros mismos.
Este es un texto que ya se ha publicado aquí, en concreto en enero de 2005, pero tras hablar de "la parajoja de la doxa" puede ser oportuno refrescarlo, ya que es una fábula que explica muy bien como somos.
Es un texto que lo recogió "la chica de la falda roja"
Lo que sigue a continuación es, poco más o menos, lo que en su momento se puso.
... ... ... ... ...
Es un texto que nos demuestra el cutre mecanismo de la tradición, el absurdo y oculto engranaje de nuestros actos "normales", que desenmascara nuestra "correcta" forma de hacer, que nos demuestra, una puta vez más, que "nuestra realidad" nos la han metido por la puerta trasera del cerebro, que nos demuestra que la realidad sobre la que asentamos nuestras emociones y sentimientos puede ser un sinsentido, que desconocemos el origen de nuestros actos más elementales, que participamos en acciones y mostramos actitudes de forma gratuita sin saber muy bien el motivo, y lo peor es que esto impide, obstaculiza y dificulta cualquier cambio de mentalidad, y que nos dice que nuestros actos más comunes y normales pueden estar contaminados desde hace generaciones, pensemos en el racismo, en la xenofobia, en todas la fobias en general, en genocidios (no olvidemos que hoy se celebra el "Día de la Memoria del Holocauto" que supuso la muerte de 6.000.000 de Judios en Campos de Exterminio), en el machismo, en los dogmas y catecismos oscuros y negadores de vidas libres, en el miedo "al distinto", en el terror "al otro", en la discriminación al homosexual... ; y, si me permitís, clarifica cual es el mecanismo último que siempre ha utilizado el fascismo, crear realidades falsas para imponer un comportamiento social... no sigo, aquí cada uno es mayorcito y podrá sacar, al menos, 58.427 conclusiones más ocurrentes y acertadas... uno mismo con su propio mecanismo...
Y bueno todo-todo lo que viene de aquí en adelante es lo que aparece en la página de esa chica con la falda roja...
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Metieron a cinco monos en una jaula, con una escalera en el centro y, sobre ella, un montón de plátanos. Cuando un mono intentaba subir a la escalera para coger la fruta, se lanzaba un chorro de agua fría sobre los que permanecían en el suelo. Pasado algún tiempo no hicieron falta más chorros de agua fría, los propios monos arremetían a golpes contra el que intentaba alcanzar las bananas. Se sustituyó a uno de los monos. Lo primero que hizo fue lanzarse a la escalera, inmediatamente fue apaleado por los otros monos. Un segundo mono fue sustituido, ocurrió lo mismo y el primer sustituto participó con entusiasmo en las palizas al novato. Un tercero fue cambiado, y el hecho se repitió. Finalmente, el último de los veteranos fue sustituido, quedando un grupo de cinco monos que, aún cuando nunca habían recibido un baño de agua fría, continuaban golpeando a aquel que intentaba llegar a las bananas. Si hubiera sido posible preguntar a alguno de ellos por qué pegaban al que intentaba llegar a las bananas, con certeza la respuesta sería: "No sé... aquí las cosas... siempre se han hecho así".
(Este es el texto con el que los chicos de "El Canto de la Cabra" presentan su montaje "Los días que todo va bien". Parece ser que es una fábula muy conocida, aunque desconocida para mí. Y me ha encantado descubrirla porque la frase de cierre es de las que no puedo oír sin que me hierva la sangre.)
Ninguna experiencia, bien sea ordinaria, cotidiana, usual o inusual, ya sean impresiones, ideas, sueños, visiones, recuerdos, ya sea algo extraño, bizarro, familiar, asombroso, psicótico o sano… Nada de eso son hechos objetivos.
La ansiedad es un riachuelo de inquietudes que discurre por la mente. Pero, cuando crece, se convierte en un torrente caudaloso e irrisistible que arrastra todos nuestros pensamientos.
Bob Marley tenía una idea, era una idea más propia de un biólogo, creía que se podía curar el racismo y el odio, curarlo literalmente, inyectando música y amor en las vidas de la gente.
Un día, cuando iba a tocar en un concierto por la paz, unos matones se presentaron en su casa y le pegaron un tiro. Dos días más tarde se subió al escenario a cantar.Alguien le preguntó que por qué, a lo que respondió:
Los que intentan hacer de este mundo un lugar peor no se toman ningún día libre… ¿Por qué iba a hacerlo yo?...
Hay que iluminar la oscuridad…
en
"Soy Leyenda"
...
Ahora la intención era colocar aqui la canción "Redemption song" de Bob Marley, una canción que en su letra dice cosas como: "... Todo lo que siempre he tenido son canciones de libertad. ¿Nos ayudas a cantar estas canciones de libertad? Porque es todo lo que tengo, canciones redentoras... Emanciparte de tu esclavitud mental, nadie excepto nosotros mismos puede liberar nuestras mentes... Cuánto tiempo más matarán nuestros profetas mientras nos quedamos mirando a otro lado... Todo lo que tengo, canciones redentoras, estas canciones de libertad, canciones de libertad"
Pero, siguiendo el espiritu de fusión y mestizaje, hay una versión de "Redemption song" cantada por Ziggy, hijo de Bob Marley, acompañado por el grupo de flok irlandés, "The Chieftains"... Un reggae con ritmo celta... La música une.
Las guerras seguirán mientras el color de la piel siga siendo más importante que el de los ojos.
Es a medianoche... cuando el silencio empaña los pensamientos. Es entonces, mientras las calles duermen, cuando los sueños que han escapado por las ventanas charlan sentados en los bancos de la alameda. Hablan de su dudosa vida, de lo efímero de su frágil existencia. Desvelan sus trágicas incertidumbres, presienten su inesperado final, temen un súbito despertar que los borre para siempre. Pero sentados en los bancos de la alameda ríen, olvidan la pesadilla, comparten botella y cigarrillos, aman, y sin sus sombras abandonan el tiempo, y son, por un instante, eternidad, por un momento, inmortales... Es entonces, cuando nadie les mira, cuando son capaces de ser lo que son... sueños que hablan de sus sueños... hasta que, ya medio dormidos, ven como la tristeza viaja en la soledad del primer autobús de la mañana.
De todo, quedaron tres cosas: la certeza de que estaba siempre comenzando, la certeza de que había que seguir y la certeza de que sería interrumpido antes de terminar.
Hacer de la interrupción un camino nuevo, hacer de la caída, un paso de danza, del miedo, una escalera, del sueño, un puente, de la búsqueda... un encuentro.
"Quiero terminar la fiesta rodeada de mis hijos, amigos y médicos
antes de dormirme definitivamente al amanecer"
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Francia se replantea la eutanasia sacudida por la emoción del caso de Chantal Sébire.
(Agencias)
Chantal Sébire no quería seguir viviendo. Esta tarde aparecía muerta en su domicilio de Dijon (centro de Francia), según ha informado el ministerio del Interior francés.
Hace dos días, el Tribunal de Gran Instancia de Dijon denegó su petición para que le fuera aplicada la eutanasia activa, ya que sufría un cáncer incurable en la cavidad nasal que se iba extendiendo hacia el cerebro y le producía serios daños, como una ceguera progresiva, así como intensos dolores.
El Gobierno francés abrió la puerta a una modificación de la ley sobre cuidados paliativos en medio de la gran emoción que sacude al país por la muerte de Chantal Sébire.
La mujer apareció muerta el miércoles, dos días después de que la justicia le denegara la eutanasia activa que había solicitado.
La imagen de su rostro desfigurado por un tumor en las fosas nasales, su relato sobre los "atroces" dolores que le provocaba la enfermedad, poco común, degenerativa e incurable, y su muerte, en circunstancias que todavía están por esclarecer, han conmocionado al país y relanzado el debate sobre la eutanasia.
Una vez más, ha sido un caso extremo el que ha reabierto en Francia la cuestión de la eutanasia activa, que ya se practica en los Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo y Suiza.
En 2003, el país galo ya se vio conmocionado por el caso Humbert, una madre que trató de provocar la muerte de su hijo tetrapléjico que había pedido en muchas ocasiones un final digno a su vida.
En medio de aquel debate, se aprobó una ley que permitía "dejar morir", pero no la eutanasia activa que ahora reclamaba Chantal.
Sólo dos días antes de su muerte, la Justicia había negado a Sébire su petición de "morir con dignidad" para poner fin a los "intensos sufrimientos" que le causaba su tumor.
El miércoles por la noche, Sébire fue encontrada sin vida en su casa, cerca de Dijon. La investigación todavía no ha podido determinar cómo se produjo la muerte de esta maestra de 52 años, madre de tres hijos.
El fiscal de Dijon, Jean-Pierre Alacchi estudia los análisis de las pruebas recogidas y de los testimonios recolectados por los gendarmes.
El cuerpo de Sébire fue encontrado por su hija mayor, aunque el fiscal no reveló si ésta se encontraba con su madre en el momento del deceso.
La investigación deberá determinar si falleció de muerte natural, fruto de un empeoramiento de su mal, si se suicidó o si alguien le ayudó a morir.
Ninguna de las hipótesis puede descartarse, aunque la de la muerte natural parece menos probable, dado que el cadáver no presentaba signos externos de haber sufrido una hemorragia.
En medio del trabajo de los investigadores, clama la voz de los defensores de la eutanasia en Francia, tristes porque Sébire no pudo terminar sus días como le hubiera gustado, pero aliviados de que haya terminado su calvario.
Deseoso de ver a la paciente descansar en la paz que buscó durante tanto tiempo, su abogado, Gilles Antonowicz, aseguró que sería "vergonzoso" que se practicara la autopsia en busca de elementos que pudieran mancillar su final.
Pero el mediático combate de Sébire, pionera en acudir a los tribunales en busca de una "muerte digna", la negativa de la justicia a autorizarla basándose en la ley de cuidados paliativos de 2005, y su muerte pueden forzar la puerta de un cambio de la legislación.
El Gobierno conservador francés, que inicialmente pareció hermético a la demanda de la enferma, ha terminado por reconocer que quizá la ley deba admitir excepciones.
Esta era la primera ocasión en la que la justicia francesa se enfrentaba a una demanda de este tipo desde que se aprobara esta legislación en 2005. Si la semana pasada el primer ministro, François Fillon, se mostraba escéptico sobre las posibilidades de que la ley pueda regular cada caso particular, el miércoles, horas antes de que se descubriera el cuerpo sin vida de Sébire, el Ejecutivo encargó un estudio que abre la puerta a una revisión legislativa.
El relator de la legislación vigente, el diputado Jean Leonetti, ha sido de nuevo encargado de estudiar si es preciso revisar la ley y solucionar su deficiente aplicación o "eventuales insuficiencias".
Desde el Ejecutivo se insiste en que la ley sirve en el 99 por ciento de los casos y que toda reforma debe hacerse de manera sosegada, lejos de la emoción que provoca el caso de la mujer.
Varios miembros del Ejecutivo, entre ellos los ministros de Exteriores, Bernard Kouchner, y la secretaria de Estado de la Familia, Nadine Morano, han apuntado que el cambio debe abrir la puerta al estudio de casos particulares, bajo la autoridad de una comisión ética que autorice a los médicos a aplicar la eutanasia.
La ley actual sólo permite a los doctores medicar a los pacientes que lo soliciten hasta que entren en coma y, en ese estado, aguardar la muerte.
Una solución que Sébire consideraba indigna y que rechazaba con contundencia, deseosa de ver su final de una forma más rápida y rodeada de sus allegados.
"Quiero terminar la fiesta rodeada de mis hijos, amigos y médicos antes de dormirme definitivamente al amanecer", había señalado la paciente.
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En enero de 2007 hubo un caso que tal vez no fué demasiado difundido. Se trata el caso de Madeline Z. y sobre el mismo el diario "El País" publicó un reportaje de Ana Alfajeme en el que nos da cuenta de como ante el vacío legal, una asociación de voluntarios de "Derecho a Morir Dignamente" da asistencia a quien la precise. Este mismo reportaje está recogido en la página web de la asociación en su apartado de "Muertes Voluntarias en España".
Es un reportaje muy extenso... pero muy intenso, y merece la pena leerlo atentamente porque puede servir de guía para saber como actuar... llegado el caso.
Madeleine Z.
"Quiero dejar de no vivir"
Una mujer con una enfermedad degenerativa se quita la vida acompañada por dos voluntarios
(Ana Alfajeme - El País - 17/01/2007)
Madeleine Z., de 69 años, sufría una grave enfermedad progresivamente paralizante. Se quitó la vida, durmiéndose, el viernes pasado en su casa de Alicante. Militaba por el derecho a una muerte digna. Le acompañaron dos voluntarios de su grupo proeutanasia. Temía quedarse totalmente inválida. Éste es el relato de su decisión.
"Estoy muy bien". Deja caer las manos sobre el embozo. Comienza a roncar suavemente. "Buen viaje, Madeleine. Vete en paz", dice Jorge.
"Cuando veas una nube regordeta, sabrás que soy yo", le dice Madeleine a su amiga. Se abrazan. "Yo no te quiero". "Yo a ti tampoco"
"Ayer lloré mucho, yo creo que porque me acordé de todas las cosas buenas de mi vida. Siempre he estado en desacuerdo con todo"
Regresa con la respiración agitada. Tosiendo. Así de cruel es la ELA, debilita brazos y piernas, todos los músculos, mientras se conserva la lucidez.
"Creo que no se me olvida nada. La carta al juez, los papeles, está todo. ¡Inshallah! (si dios quiere)".
Madeleine se levanta trabajosamente de la silla de ruedas, y, al abrir la cama, la estira con sus manos vencidas. Nunca pudo soportar las arrugas en las sábanas. Se quita las gafas y se atusa el pelo canoso, brillante, para tumbarse. "Estoy feliz, y contenta de tenerles aquí", sonríe. El primero en abrazarla es Jorge, un voluntario de la asociación Derecho a Morir Dignamente (DMD): "Madeleine, se muere como se vive", le dice al oído. Luego la besa Leonor, la otra voluntaria. Se sienta en la cama y la mira, los ojos demasiado brillantes.
La mujer se echa boca arriba, y se arropa, la lengua más torpe: "Huy, estoy en una nube... pero contenta... de verdad. Me voy a dejar ir despacito..."
-Como una señora- le contesta Jorge, a los pies.
-Estoy muy bien...
Levanta un momento las manos sobre la cara y las deja caer sobre el embozo. Comienza a roncar suavemente.
-Buen viaje, Madeleine. Vete en paz.
Esta escena ocurrió la noche del viernes 12 de enero, en un modesto segundo piso sin ascensor frente al Mediterráneo. La casa de la mujer.
Quince minutos antes, Madeleine Z., una viuda de origen francés de 69 años había cambiado su pijama de raso por uno viejo y cómodo, de algodón color lila. Había rebañado un vaso, torpemente -sufría de una dolencia progresivamente paralizante y fatal, la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), que debilita los músculos- en el que mezcló con helado un polvo verdoso (unos fármacos molidos que guardaba en un táper). "No puedo decir que sea mi postre preferido", anunció, mirando pícaramente por encima de las gafas, con una mueca de asco.
Los dos voluntarios enviados por DMD (cuyo nombre es supuesto, su anonimato fue requerido por la asociación) habían llegado cuatro horas antes para acompañar a la mujer, una de los 2.000 socios del grupo, en su "autoliberación". Así llama la federación pro eutanasia al suicidio cuando el enfermo está en una situación terminal o con padecimientos que juzga insoportables. Y que tiene la voluntad firme, inequívoca y mantenida en el tiempo de poner fin a su vida. Como Madeleine. "Quiero dejar de no vivir. Esto no es vida", repetía.
Iban a vivir un momento intenso, emotivo. Excepcional. Pero no ilegal, en opinión de DMD. La ley española (artículo 143 del Código Penal) castiga con la cárcel a quien induzca al suicidio o coopere "necesariamente" con él, es decir, con medios imprescindibles para que el enfermo muera, como proporcionar fármacos para un cóctel letal o recetas, según DMD. En este marco legal, la asociación facilita desde julio de 2006 a los socios con más de tres meses de antigüedad una Guía de autoliberación elaborada por médicos y revisada por juristas del grupo. Se trata de información ya publicada o que se puede hallar en Internet para procurarse una muerte digna con diversos métodos, entre ellos mediante una mezcla de fármacos. "El suicidio es impune en España, y dar información también lo es", señala el documento. DMD mantiene que, en ningún caso, induce al suicidio y ofrece a los socios acompañar sus últimos momentos con voluntarios. Madeleine aceptó.
Ella había pedido la guía y conseguido la medicación. También había seguido, punto por punto, los consejos del documento. "Es la primera vez en mi vida que le hago caso a los médicos", bromeaba. "A partir de que conseguí la solución, me sentí aliviada". La mayor parte de quienes consiguen la medicación que indica la Guía de autoliberación no la utiliza nunca. Simplemente se sienten con más control, más seguros.
Sólo el 0,3% de todas las muertes son similares a la de Madeleine, según datos de una encuesta europea de 2001, que cifraba así los fallecimientos eutanásicos. En Bélgica, el último país que ha despenalizado la eutanasia (en 2002), las cifras no subieron, para sorpresa de las autoridades. Pero ahora se hacen con control médico. La mayoría de las primeras 259 muertes registradas fueron de pacientes de cáncer (82%). Pero el 8,5% de ellos, sufría, como esta mujer, una enfermedad neuromuscular evolutiva.
Cuatro horas antes de que se meta en la cama, Madeleine recibe con un abrazo a los voluntarios. Ya les conocía. Ofrece una bebida: "Tengo de todo: cava, vino, saladitos y también pasteles, que ha traído ella", y señala a una amiga, que se retuerce constantemente las manos. "Pero bueno, Madeleine...", protestan. "Es para la espera".
Se abre una botella de Rueda blanco. Ella, con las manos laxas, se lleva a los labios una lata de cerveza. Jorge intenta, una vez más, asegurarse de la determinación de la mujer:
-¿Por qué no quedamos otro día, pero para charlar?
-No. Estoy mentalizada y la gente, preparada. Hoy he enviado las últimas cartas.
Y cambia de tema:
-Mira, Jorge, esa planta de ahí (señala una gran maceta) es para ti. Y a ti, además, te tengo preparados unos libros.
-¿Has dormido?
-Sí. Ayer lloré mucho, no sé por qué, yo creo que porque me acordé de todas las cosas buenas de mi vida. Esta noche he tenido un sueño. Estaba en un ataúd de acero, oxidado. Un operario lo empujaba hacia el horno crematorio, pero iba haciendo un ruido horrible, gññ. gñññ. Y yo me levantaba y le decía, "oiga, que lo está moviendo mal"-, concluye con una de sus risas, que, sin embargo, corta en seco - Yo no estoy nunca de acuerdo, siempre he estado en desacuerdo toda mi vida. Sí que he sido curiosa, me encanta la gente. Lo he pasado muy bien.
-Has vivido bien-, remacha su amiga.
-Sí, he vivido bien, pero una noche me caigo, porque me fallan las piernas, que a veces tengo que darme friegas en ellas para poder moverlas, me llevan a un hospital y me quedo en una cama hasta que me muera y a saber cómo.
Como otras muchas veces, Madeleine, que amaba vivir sola, y lo hacía desde que se quedó viuda, 20 años atrás, cuando también su hijo, de 35 años, se fue de casa, expresa el temor de que su progresiva invalidez le robara la independencia. El médico que, a iniciativa de DMD, la visitó para evaluar su situación en dos ocasiones asegura: "Su caso es excepcional por su planificación y serenidad. Hay gente que lo plantea, pero no lo ha pensado. No tratan de evitar todo el sufrimiento, porque cuando se llega a este punto ya se ha sufrido mucho, tanto, que su vida se les hace insoportable. Madeleine intentaba no llegar a una situación para ella indecorosa. Vivió intensamente y no quiso perder su autonomía".
Hace meses que la mujer, que participó en la agitación del París de los cincuenta, fue modelo de peluquería y regentó un restaurante junto a su marido, escogió el 12 de enero para poner fin a su vida. ¿Razones?. "Es después de las Navidades, para que mi hijo y mis nietos las pasen tranquilos. Habrá llegado la pensión de Francia, para que no haya problemas económicos. Y me hallarán el sábado, el día en que mi hijo, que trabaja toda la semana fuera, está en casa".
-¿Y si tu hijo te dijera, "vente a vivir conmigo"?
-No, ni siquiera. No puedo ni coger a mis nietos en brazos. Pronto sería una carga para ellos. Mi psicólogo me buscó una residencia junto al mar, pero no quiero que me limpien el culo, ni por mí ni por los demás.
Tras la cristalera, el mar en calma se tiñe con el reflejo de la puesta de sol. La amiga decide irse.
-Cuando veas una nube regordeta, sabrás que soy yo.
Se abrazan.
-No te quiero.
-Yo a ti tampoco.
Madeleine vuelve la cara hacia la luz, con los ojos rojos.
-Me gustaría hacer una fiesta, pero esto no se lo puedes decir a todo el mundo, porque la gente no lo entiende. La muerte es mía, me pertenece.
-Tiene que haber un cambio cultural.
Quizás no tanto. Tres de cada cuatro jóvenes españoles creen que es correcto ayudar a morir a un enfermo incurable, según una encuesta de 2006. Entre los menores de 45 años, las cifras de apoyo a la eutanasia rondaban ya en 1995 un 70% y disminuían en edades superiores, pero eran mayoritarias (en torno al 53%). El PSOE prometió en su programa electoral crear una comisión parlamentaria que estudiase la despenalización de la eutanasia. No lo ha cumplido.
La tarde se va. Madeleine, cerveza en mano, habla de su hijo, de los 20 gorriones que se acercan a comer cada mañana, y de cuando le detuvieron en Barcelona en los sesenta por llevar minifalda. Con su silla de ruedas, se mete en la cocina para sacar un helado del congelador. Entonces llama a Leonor y le pide que le lleve un esqueje que tiene en un tarro con agua. Se levanta de la silla, y como una marioneta, se inclina sobre el fregadero.
-Esta planta es muy delicada, las hojas se pueden rasgar fácilmente, si no tienes cuidado.
Y se pasa un buen rato, casi el último rato de su vida, rodeando las raíces que ha echado un esqueje. Primero de algodón, luego de papel de cocina, luego de papel de aluminio. Cinco capas. Hablando, con su acento francés, de lo bonita y frágil que va a ser esa planta carnosa y colgante.
Terminada la tarea, Madeleine regresa con la respiración agitada, tosiendo. Así de cruel es la ELA, una enfermedad que la golpeó por primera vez en 2001, cuando el esfuerzo de levantar la puerta del garaje la tiró al suelo y no la dejó levantarse. 4.000 españoles viven con la dolencia. Seis años después, aunque Madeleine ha sobrevivido más de lo común a esta dolencia que debilita brazos, piernas y todos los músculos motores mientras se conserva la lucidez -y que mata a la mayoría de los pacientes en un plazo de 3 a 5 años desde el inicio de los síntomas, según fuentes médicas- está confinada en su casa desde hace dos años y no puede sujetar bien ni el libro que lee.
Desde que le diagnosticaron, en 2003, piensa en suicidarse. "Había visto cómo mi marido [fallecido 20 años atrás] me decía todas las noches, durante tres meses: "Quítame los tubos y déjame morir", aseguraba. "Yo entonces no supe qué hacer. He pedido la eutanasia a la neuróloga, al médico de cabecera, al neumólogo, y también a varias enfermeras", decía, "sólo una de ellas me escuchó, sin facilitarme ayuda, claro. Los médicos tendrían que estar mentalizados de cuando encuentren una persona como yo, que se va a quedar inválida, prepararle para un suicidio asistido o la eutanasia, tener esta solución, que fuera algo lógico y normal. No habría que esconderse". El convencimiento de conquistar ese derecho -y también la gratitud hacia su asociación, DMD- le movió a exponer su muerte.
Como Madeleine a su neuróloga, a 8 de cada 100 médicos les han pedido sus enfermos fármacos para quitarse ellos mismos la vida, según una encuesta del CIS de 2002. La mayoría de los médicos (60%) se pronunciaba porque la ley cambiase para permitir a los enfermos recibir el suicidio asistido por un médico o la eutanasia.
Madeleine señala a Leonor un frasco de colonia.
-Me tienes que prometer que me vas a poner unas gotas de Opium cuando todo haya acabado. Me lo regaló mi marido en 1983. Me dijo: "Es perfecto para ti". Y tenía razón. Ahora sólo me puedo permitir la colonia, el perfume es muy caro.
Media hora después de que Madeleine se acostara, Amaral canta desde la radio "dormiremos a la orilla del mar..." sobre sus ronquidos. "¿Ves? Se puede morir como una señora sin necesidad de un palacio", dice Jorge. "En compañía, con sus libros, sus gatos..." y señala las dos paredes que enmarcan la cama, en las que las postales han ido robando espacio. Son imágenes del mundo, enviadas por los amigos, y también fotos de perros, loros, y gatos. 22 gatos. Hace unos meses que el suyo, Ka, fue adoptado por una amiga. No podía limpiar la caja.
Leonor asiente. Es la primera vez que acompaña en una muerte, tras haber asistido a la agonía de una amiga que recibió una sedación terminal. A lo largo del día se ha preguntado cómo tiene que ser saber que te vas a morir en un determinado momento. "Lo vives como una liberación", le respondió Jorge.
Se acerca la madrugada. Los sonidos se hacen más quedos. Llega el momento en que sólo se oye la radio. Entonces, Leonor pone dos gotas de Opium en el cuello inmóvil de Madeleine. Jorge le acaricia las manos.
Tras las cortinas, tras la luz de lectura que ilumina la cama en la que la vida se ha detenido, los faros de los coches que se acercan dan sensación de irrealidad. Leonor y Jorge recogen las plantas sin hablar y cierran la puerta. Bajan las escaleras a oscuras.
Al día siguiente, Leonor, llorando, desnuda el esqueje en una maceta de la terraza.
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Real Academia de la Lengua
Eutanasia:
(Del gr. bien y muerte)
1. f. Acción u omisión que, para evitar sufrimientos a los pacientes desahuciados, acelera su muerte con su consentimiento o sin él.
Si observas una persona realmente feliz, la encontrarás construyendo un barco, escribiendo una sinfonía, educando a sus hijos, plantando dalias en su jardín o buscando huevos de dinosaurio en el desierto de Gobi.
No la encontrarás buscando la felicidad como si fuera la cuenta de un collar que se ha deslizado bajo el radiador.
Es gratis. Eso ha descubierto una investigación de la Universidad de Nottingham. Un baño, una siesta, un paseo por el parque o junto al mar, una tableta de chocolate... Eso es la felicidad, "las pequeñas cosas de la vida", concluye el doctor Richard Tunney. El estudio comparó los "niveles de felicidad" de un puñado de ganadores de lotería con otro grupo no tan afortunado en el juego. El resultado fue que tanto unos como otros encontraban el bienestar sin pulir las cuentas.
"Pasar el tiempo relajándose es el secreto de un vida feliz -asegura Tunney-. Los placeres gratuitos son los que marcan la diferencia, incluso cuando puedes permitirte todo lo que quieras".
En cualquier road movie lo más importante es el horizonte; tarde o temprano tiene que verse y significar algo por sí mismo; a fin de empaquetar en aquel punto lejano el espiritu de la película. Está bien estudiado que, en el cine europeo, el horizonte significa perdida o melancolía; en el cine norteamericano, esperanza, imán de pioneros; y en el cine chino o japonés significa muerte.
El sol y la lluvia se reparten mi piel. Todo está detenido a lo lejos, y sólo se escucha los chillidos de las gaviotas sobre el continuo estallido de las olas. ¿Gritan de dolor ante la tragedia de la espuma entre las rocas? ¿Se les hace insoportable la idea de tanto dolor? ¿Chillan por el vértigo de lo invisible? ¿Por el presentimiento de la próxima tormenta? ¿Por la nostalgía de un paraiso de mar en calma? ¿Añoran algún ayer? ¿Envídian el vuelo de la mariposa o la clandestinidad del cangrejo? ¿O quizás se ríen del temor del naúfrago? ¿Se burlan o se aterran ante la torpe indecisión del suicida? ¿Se avisan de días mejores? ¿Saben de la existencia de otros mares? ¿Conocen la posibilidad de otros vientos en otras costas? ¿Presienten otros acantilados? ¿Discuten a gritos sobre lo efímero de sus firmes razonamientos, de las primeras opiniones, de las tajantes sentencias? ¿Dudan de todos sus sentimientos? ¿Debaten en sus vuelos sobre el ritmo de las mareas, sobre lo que palpita bajo su plumaje, sobre principios y finales? ¿Sus picos son capaces de pronunciar la palabra esperanza? ¿Se saben conscientes de su vuelo? ¿Son conscientes de que sus días se pasan volando? ¿Hay vértigo en lo que sienten? Tengo una duda: ¿Qué nombre se les ha ocurrido dar a lo que se siente al borde de los acantilados ante un mar y un cielo sin horizonte?